domingo, 25 de octubre de 2009

La sorpresa


Me era imposible acudir más ágil a verificar tu servicio Fabio, perdoname, es que estaba descorchando el vino un poco más allá, pero igual quiero que sepas que te miraba de reojo, y me tenías algo preocupado, porque era evidente que te pasaba algo ajeno, estabas pálido vos, y además yo te conozco, no digo que somos amigos pero nos saludamos casi todos los días, viste, y hablamos minutos de fútbol y de minas y de pavadas, y vos tenés buena labia Fabio, no sos ningún inexpresivo, y menos que menos tartamudo, por eso era rarísimo que estuvieras tartamudeando, atragantado pero con la boca sin comida, desesperado por no poder pronunciar, y nada capo, no te salía ni un si, ni no, ni uno, ni dos, ni do, re, mi, no soltabas ni una sola palabrita corta, nada más eran sonidos que yo no podía descifrar desde el otro lado del salón, escuchaba como un n-n-n-n-n…n-n-nn-n-n...nnn-nn…, y tus ojos tan estresados, de pura perplejidad nomás, cuánta cara de shockeado que tenías, no hacías otra cosa que concentrarle la mirada al plato, y ese n-n-n-n-n…, constante e insoportable que te tenía poseído, y yo ya no me aguantaba más, te juro, quería acercarme a tu mesa con urgencia, a preguntarte si necesitabas algo, si te podía ayudar en algo, cualquier cosa, traerte una panera, llevarme la botella vacía, o lo que fuere, y cuando al fin llegué, destrabé tu rostro que seguía apegado al plato, y no pude más que quedar sorprendido yo también, tal vez era un “¡¡¡no lo puedo creer…!!!” lo que tratabas de decir, y no era para menos, porque ese bife que ordenaste no era carne mi viejo, sino un pedazo de vaca vivo, un pedazo de vaca cagado de hambre, que te estaba morfando toda la guarnición.

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