domingo, 25 de octubre de 2009

La viveza



La sociedad no te va a exigir ningún don si te tocó en el reparto nacer con un nombre común y corriente, por lo que Juan Perez dormía con la conciencia tranquila, sin sentir la presión de tener que lamer las mieles del éxito, entonces cada mañana iba despeinado y sin lavarse la cara a comprar al almacén de enfrente, y trabajaba de mozo en un bar de barrio, pero su vida cambió increíblemente el día en el que se levanto lúcido, y se avivó de registrar su nombre a “su nombre”, y cobrar los derechos de autor por cada perejil que se llamaba como él, con lo que instantáneamente se hizo asquerosamente rico, “lo primero que me avispé era que levantando una baldosa, tenía la misma probabilidad de hallar una lombriz, un bicho bolita o un Juan Perez”, le declaraba a una prensa excitada, mientras juraba que no lo hacía sólo por la guita, sino también para elevar el status de “un nombre tan devaluado”, y la noticia recorría todo el mundo globalizado, y que más daba, si a partir de esta ingeniosa tramoya Juan Peréz pasaba de mozo a convertirse en el Peréz más adinerado y famoso del planeta ya que, según las últimas encuestas oficiales, desplazaba al segundo lugar al popular magnate de la industria dental, mejor conocido como el “Ratón” Pérez, y yo algo nervioso me presentaba, “Pedro Pescante de Radio Pandora”, y paralelamente le acercaba el micrófono a Juan, y le preguntaba acerca del futuro destino de su inmensa fortuna, mientras Atilio Cuervo, el flamante abogado de la familia, se adelantaba en despejarme la duda: “la heredarán sus hijos, Ricardo y Alberto, que por el simple hecho de no llamarse Juan se encuentran exentos de pagarle este curro a su padre”.

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