domingo, 25 de octubre de 2009

La cuenta


No le alcanzó ni con la entrada, ni con el principal, ni con el postre, ni con el café, al gordo se le había fugado el chip de la saciedad, y seguía ordenando comida, y nosotros seguíamos desfilando, propuso que le trajeran la tarta de pera, “¿una porción?” indagó la moza, “no, la quiero entera y agréguenle mayonesa” prefirió el troglodita, y ya desvariando movía sus deditos señalando que lo atendieran nuevamente, esta vez mediante sistema de señas, porque no podía con la lengua, pedía la parrilla entera, con todo lo que había en ella, o eso le entendieron, porque la pusieron sobre un caballete y se la dejaron al lado de la mesa, y se alejaron presurosos, ya premonizando lo peor, unos aferrándose con disimulo a los matafuegos, y otros tapándose los oídos, escucharon el ¡boooooom! estruendoso, el gordo había explotado, e instantáneamente los dueños dramatizando porque nadie les iba a pagar la cuenta, y especulando con la presencia de algún familiar directo que pudiera hacerse cargo del tremendo consumo, y los encargados desesperados mandando a los mozos a que juntaran cada pedacito del obeso despilfarrado, para poder reanimarlo y así cobrarle, y los más obedientes acatando y corriendo con las escobas y las palas, mientras los más traviesos aprovechaban la confusión para ir al fondo a beber vinos finos y champagne francés, y comer salmón rosado, medallones de lomo, jamón crudo, rabas, lemon pie, y todas esas cosas que los dueños nunca les convidaban.

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